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Los locos y los mediocres

01.03.2011 17:12

 

(Publicado en marzo 2011 en la revista iPop de Chile, tras la renuncia de Marcelo Bielsa a la dirección técnica de la selección chilena de fútbol)

 

Está loco. Tiene un contrato millonario y lo abandona. Está camino a la gloria y se baja. Le encanta dirigir a la Roja y renuncia. Lo aman en Chile y se va del país. Marcelo Bielsa, dicen, está loco. Desde el punto de vista clínico, la locura es un diagnóstico psiquiátrico en personas con un grupo de trastornos mentales crónicos y graves.  Sabemos que se diagnóstico, en Marcelo Bielsa, está errado. El que acierta en este caso es Charly García: “la locura es poder ver más allá”.

Esa es la locura de Bielsa, una respuesta sana a un mundo enfermo. Eugene Ionescu, que nunca fue convocado a la selección rumana pero hace 50 años revolucionó el teatro con su “Rinoceronte”, era un loco parecido. “Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo es una locura”, definía. Marcelo Bielsa no sólo piensa contra la corriente mercantilista sino que además, más que decirlo, actúa en consecuencia.

Respetuoso y ordenado, nieto de un prócer del Derecho, sabe que el fútbol es (también) un negocio, pero si el negocio se enturbia no cuenten con él. Ya lo demostró antes. Cuando Argentina fue eliminada en Japón hubo una prensa (por así llamarla) que lo destrozó, la misma que después de que lograra la Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de Atenas siguió diciendo y aún sigue diciendo que “no ganó nada”.  ¿Cuánto daría Chile por ser campeón olímpico? ¿Cuánto daría cualquier técnico por dirigir a la Selección Argentina después de ganar una medalla de oro? Marcelo Bielsa entregó la selección campeona y simplemente renunció, se fue al campo. ¿Está loco?

 

La propia Real Academia Española, en su cuarta acepción, define a la locura como algo que excede en mucho a lo ordinario o presumible. Visto así, la definición le cabe: ni es ordinario ni es presumible. Es, en consecuencia, un loco.

 

Un loco con poder, porque el poder de Marcelo Bielsa en inmenso. No hay cómo enfrentarlo, es el dueño de sí mismo.  No hay cómo someterlo ni cómo comprarlo. No pudo Julio Grondona en la Argentina, ni podrá Jorge Segovia en Chile. Eso sí, si ser como Marcelo Bielsa es estar loco, que viva la locura.

 

 Cuando llegó a Pinto Durán, los empleados de la Asociación Nacional de Fútbol  Profesional estaban durmiendo la siesta sobre el césped, la Roja no ganaba un partido mundialista fuera del país desde hacía 60 años y la selección venía de un descalabro disciplinario. El loco despertó a Pinto Durán y obsesivamente convenció a cada uno de los jugadores de que eran mucho mejor de lo que eran, hasta que consiguió que efectivamente fueran mejores. Bravo, Jara, Ponce, Medel, Vidal, Estrada, Carmona, Valdivia, Beausejour, Sánchez, Isla, todos crecieron. El fútbol chileno creció. ¿Seguirá creciendo? ¿O acaba de enterrar la mejor posibilidad de su historia?

 

Contó Bielsa en su conferencia de prensa: “No tenemos entrenador de arqueros. Sólo conozco argentinos, pero no quiero más argentinos en mi grupo de trabajo. Mando a los 32 clubes una circular pidiendo que cada preparador me mande filmación de rutina de trabajo que hace el arquero de la Primera División. Para ver si desde mi humilde punto de vista, ese cargo lo puedo ocupar con alguien de este fútbol. De 32 equipos, tomé medidas: consígame celulares de cada uno de los preparadores de arqueros, para verificar si están informados de esta inquietud. No dije que íbamos a elegir el entrenador de arqueros de la Selección. No era correcto poner zanahorias para que se entusiasmen. La respuesta fueron 7 de 32”.

 

Dijo en la misma conferencia: “Sé que la verdad es la verdad del que tiene el poder. No es que no haya posibilidad de expresarse en disidencia, pero saben que cuando una verdad ocupa 10% de la página y el 90% la ocupa otra, no se compara”.

 

Cuando el Loco se vuelva al campo, el 90% de la página lo ocupará la verdad del poder, y el fútbol chileno correrá el riesgo de volver a la normalidad.  Porque, como dijo Charly García,  “la mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá”.  

José Andrés Soto

 

 

Algo iba a pasar

26.02.2011 00:00

Este artículo fue publicado el 26/01/11 en el diario Perfil de Buenos Aires.

 

Algo iba a pasar.  Estuve en El Cairo, Luxor, Asuán y Alejandría la semana pasada, y todo el mundo –analista, taxista o transeúnte- coincidía en que la gente estaba cansada y saldría a la calle luego del ejemplo tunecino. Los egipcios con los que hablé –pequeño muestreo de ocho días entre templos, tumbas, pirámides y Biblioteca- ni se acuerdan de Nasser, aman a Sadat y desprecian a Mubarak. Pero mucho más que al propio Mubarak lo que rechazan es todo lo que él y su camarilla representan en materia de autoritarismo y corrupción. La presunción de impunidad que significaba la certeza de que el presidente dejaría como sucesor a su propio hijo había creado una fuerte sensación de desasociego que compartieron todos nuestros interlocutores.

No es el 9% de desocupación, ni el 20% pobreza, como cree la CNN, lo que sacó a la gente a las calles. El anuncio de que ni la muerte de Hosni Mubarak, enfermo y octogenario, traería un cambio, es lo que forzó el descontento. Sólo faltaba el fósforo. Las redes sociales y la cobertura del mundo árabe que hace la cadena Al Jazzira permitieron  a los egipcios seguir de cerca el ejemplo tunecino y les dejaron entender que una movilización popular sería posible.

La macropolítica mundial bajaba a nivel de tierra en cualquiera de las ciudades egipcias.  Banderolas del Che enarboladas en lanchas que navegan el Nilo pueden ser meramente anecdóticas, pero “la gente” no quiere a Estados Unidos, el gran protector del régimen. Se respira un nacionalismo que parece más emparentado con el orgullo de un pasado milenario que con la “tercera posición” de los años cincuenta. 

El mismo día que tibiamente comenzaron las manifestaciones frente a la embajada tunecina, se sabía que “algo iba a pasar”  pero se podía caminar por la plaza Tahrir sin más riesgo que esquivar viejos taxis Lada o destartalados buses que contrastan con un Metro mejor que el de Buenos Aires.

El Cairo es un desorden perpetuo, una ciudad de 20 millones de habitantes donde cruzar una avenida es turismo-aventura, con tránsito caótico, la arena del desierto cercano convertida en smog, los edificios casi todos sin revoques ni pintura, pero también con zonas ricas, countries y lujo extremo. Alejandría (Biblioteca aparte) no es menos caótica que la capital, y sus edificios y sus tranvías compiten en decadencia. 

Los egipcios que conocimos son orgullosos de sus riquezas, hablan de su petróleo y sus 8 millones de hectáreas cultivables y creen que todos sus males son producto de la corrupción gubernamental.  No parece probable que la situación actual derive en el extremismo islámico. En las calles de El Cairo es abrumadora la mayoría de mujeres con sus cabezas cubiertas (80/90%) pero las que ocultan sus caras con nikabs no son más que las que muestran libremente sus cabelleras. Nos contaron con orgullo la versión de que muchos judíos no quisieron abandonar Egipto a pesar de las promesas pecuniarias del estadio israelí.

Lo que está pasando en Egipto es parecido al “que se vayan todos” que vivimos en la Argentina, concentrado en Mubarak y su camarilla. Pero no hay mucho más para comparar. Se supone que cuando Obama le suelte la mano, el régimen caerá, y no es probable que Estados Unidos pueda controlar a un futuro gobierno democrático, presumiblemente moderado, indudablemente musulmán y seguramente nacionalista.

Con 80 millones de habitantes, el Nilo encauzado y  el canal de Suez bajo su control, Egipto puede recuperar para sí la llave del mundo árabe.  

 

 

Nunca será Maradona

01.04.2010 17:20

 

(Publicado en marzo 2011 en la revista juvenil iPop, de Chile)

 

El 22 de febrero del 2006, en la terminal de buses Alameda, vi por primera vez a un chileno con la camiseta de Messi. Ese  mismo día, en Stamford Bridge, Leo, solito, le hizo ganar al Barcelona el partido de ida de los octavos de final de la Liga de Campeones contra el Chelsea, y algunos se animaron a decir que Messi ya era tan bueno como lo había sido Maradona. Lindo tema para bajar unas birras sin tener que hablar de cuestiones más pesadas, pero tan inútil como inconducente. Messi nunca será Maradona.  Ni Pelé, ojalá. Ni Distéfano, probablemente.

A ver: te pido que digas ”Maradona”. En voz alta. “Maradona”. Se llena la boca, es sonoro, rotundo, contundente. “Messi”, en cambio, como  “Pelé”, es corto, blando, débil, sólo dos vocales. En radio y televisión, tanto el apellido de uno como el apelido del otro son ayudados casi siempre por el ampuloso “O Rei” o el humilde “La Pulga” para mitigar su intrascendencia sonora.

Maradona se basta solo. Se hizo solo. Recogió el apellido de un obispo jesuita testarudo que fue expulsado de América, volvió laico al continente, se hizo político, bregó por la independencia y sembró hijos y entenados en lo que hoy es Argentina. Nació,  Diego, en las carencias bonaerenses de Villa Fiorito, cerca del Riachuelo, allí a donde habían llegado sus padres desde la pobreza santiagueña.  Fue “cebollita”, deslumbró en Argentinos Juniors y Boca, y partió a Europa sin protección. En Barcelona lo atrapó la droga. En Napoles fue más que San Genaro. En la Argentina lo aman y lo odian, desmesuradamente, los mismos, un día una cosa, el otro día la otra. Tal como es Maradona.

Messi, dicen algunos, es como un jugador de play-station. Lo dicen por sus movimientos fulminantes, sus corridas tikitikitiki, su forma de llevar la pelota pegada al pié, pero también podrían decirlo por la aparente falta de emoción. Messi jamás lee un libro, tiene una novia “de barrio”, es un buen pibe.

 Maradona inducía al grito desgarrador, el abanderado rebelde del napolitano pobre frente al norte  rico, la puteada sudaca ante un estadio europeo enmudecido por su enjundia. Fuera de la cancha diverte o decepciona, decía y dice incongruencias, defiende lo indefendible, sepulta detrás de la línea las maravillas que regaló en la cancha, o despide frases brillantes (“la pelota no se mancha”,  “se le escapó la tortuga”).

Messi no hará ni lo uno ni lo otro. Seguro que no lo hará. Sus goles son para aplaudir, disfrutar, pequeñas obras de arte no menor.  Corre a festejar con alegría, sin bronca. Nunca tuvo hambre y sin hambre no hay bronca. Nació en Rosario, una buena ciudad para vivir, pasó rápido por Lleida/Lérida y a los 14 años llegó a Barcelona, una maravilla de ciudad si te cuidan y te educan como lo hacen en La Masía, la magnífica escuela de fútbol y comportamiento del club catalán. Su picardía es futbolística, sus frases son anodinas, no hay forma de odiarlo.  Dice, por ejemplo, “soy jugador de fútbol y eso es lo único que me interesa ahora”. Un opio para el periodismo amarillo. Leo es para ver, no para titular.

“Cuando el fútbol profesional me desengaña demasiado, me voy por la rambla de Montevideo a ver a los chiquilines jugando en los campitos”, ha dicho Eduardo Galeano. Ahora tiene otra posibilidad: encender el televisor y ver a Leo Messi, “el mejor del mundo –según él mismo- porque no perdió la alegría de jugar por el hecho simple de jugar, juega como un chiquilín en su barrio”.

Su romance con la pelota es tan grande y tan auténtico como el que tuvieron Maradona, Pelé, Distéfano y millones más en el mundo, pero ni siquiera Los Más Grandes de Todos los Tiempos pudieron dar tanta alegría a tanta gente, hacer disfrutar de jugadas que no sabemos cómo serán, que siempre esperamos que lleguen, y siempre llegan”.

Cuando debutó Maradona, la televisión argentina transmitía en blanco y negro. Cuando debutó Pelé, los partidos se grababan en videotapes que se enviaban por avión. Sólo algunos fragmentos fílmicos recuerdan cómo jugaba Di Stéfano. A Messi lo repetimos en Youtube cuantas veces queremos, y mientras siga jugando nada nos priva de soñar que lo veremos en vivo, en Santiago, Barcelona, Buenos Aires o donde sea. Por suerte, queda mucho para disfrutar.  Ojalá no haya sombras en su futuro, como las tuvieron Maradona y Pelé. A uno se lo comió la droga, al otro el dinero, a ambos su personaje.

Dijimos que Leo jamás será Maradona, deseamos que nunca sea Pelé. “Com a boca fechada, Pelé é um poeta", dijo Romario, el mejor definidor dentro del área de las últimas décadas. Pelé “fala besteiras” pero también las hizo: le quebró el tabique nasal de un codazo al argentino José Messiano, en el  64;  quebró una pierna al alemán Kiesman en un amistoso en el 65, y fracturó al mineiro Procópio en el 68.  Tal como Maradona en Italia, fue obligado judicialmente a reconocer una paternidad, y se dice que Xuxa era menor de edad cuando iniciaron la relación amorosa que llevó a María Da Graca Meneghel a convertirse en la reina de los bajitos. Nada de esto empalidece su carrera profesional, porque si no es el mejor –como él quiere y proclama- al menos es uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, y eso no es poco. El lustre de su pasado le permitió llegar a ser ministro de Deportes de su país, a pesar de haber apoyado la dictadura argumentando que  “el pueblo brasileño no sabe votar”.

Provenientes del Argentinos Juniors  de Borghi y el Newells Old Boys de Bielsa, los dos mejores semilleros argentinos (“cantera”, le llaman en España), la prensa pretende que Diego y Leo se disputen el cetro que O Rei sólo puede defender con palabras y nostalgia, además de un admirable record de 1.283 goles, la mitad en torneos oficiales. Los más veteranos, cada vez menos por razones biológicas, sostienen que el mejor de siempre ha sido Alfredo Di Stéfano, un goleador inmenso, jugador de toda la cancha, luego buen técnico, un sabio del fútbol que a los  85  años sigue honrando el palco del Real Madrid.

Para evitar discusiones inconducentes, se puede decir sin temor que Leo ya es El Mejor Jugador del Siglo XXI, aunque vale aclarar que si Maradona hacía con una naranja lo que Zidane con una pelota, como acertó Platiní, ahora Leo hace contra el Arsenal o el Real Madrid lo que mismo que Diego en el Club Parque o las inferiores de Argentinos Juniors contra chiquilines desesperados que le tiraban patadas y no lo podían alcanzar.

Lionel Andrés Messi nació el 24 de Junio de 1987 en Rosario, una ciudad de poco más de un millón de habitantes, a 350 kilómetros de Buenos Aires. A los 5 años jugaba en el Grandoli, un club barrial de fútbol sala dirigido por su padre. A los 7 años pasó a las divisiones inferiores de Newells Old Boys. En 1998, a los 11, River Plate intentó incorporarlo, pero durante las pruebas médicas se le detectó un retraso en el desarrollo óseo causado por un bajo nivel de hormonas de crecimiento. El tratamiento tenía un costo de 900 dólares mensuales, que ni Newells ni River se plantearon asumir. La fundación Acindar, de la empresa metalúrgica en la que trabajaba su padre, se hizo cargo durante un tiempo, hasta que la familia Messi decidió emigrar a la ciudad catalana de Lérida, a 156 kilómetros de Barcelona, donde vivían unos parientes. En setiembre del 2000, a los 14 años, hizo 5 goles en su primera prueba en el Fútbol Club Barcelona. Deslumbrado por su destreza, el técnico Carles Rexach le firmó un contrato simbólico en una servilleta. Leo se incorporo al club, que se hizo cargo de todos los gastos de su tratamiento. Jugó sucesivamente  en Infantil A, Cadete B, Cadete A, Juvenil A, Barça C y Barça B: marcó 37 goles en 30 partidos. Debutó en la selección argentina sub-20 en un amistoso contra Paraguay marcando dos goles, antes de su primer partido en el Barça el 16 de octubre del 2004  (1-0 contra el Espanyol). El 1 de mayo del 2005, antes de los 18 años, se convirtió en el jugador más joven de la historia del Barcelona en marcar un gol en un encuentro de Liga, frente al Albacete. En el 2005, fue la figura del Mundial Juvenil sub-20 disputado en Holanda, en el que Argentina fue campeón y Leo ganó su primer Balón de Oro al mejor jugador y Botín de Oro a máximo goleador.

En la selección mayor de Argentina nunca tuvo mucha suerte. Debutó el 17 de agosto del 2005 en un amistoso frente a Hungría, y fue expulsado al minuto de juego por error del árbitro.  En el Mundial del 2006, la expulsión del arquero Abondancieri impidió que ingresara en los minutos de alargue contra Alemania, que serían fatales en los penales. En el 2010, un estrafalario planteo táctico de Diego Maradona lo aisló del circuito de juego y esta vez Alemania fue un justo verdugo.

Los argentinos esperan disfrutarlo por fin en plenitud con la camiseta de su país en la próxima Copa América. Allí, su exquisito slalom tendrá que enfrentar nuevas aventuras: los temibles defensores sudamericanos.

Messi, entre otras cosas, es resultado de la mezcla de genes futboleros argentinos, tecnología del más alto nivel mundial y la organización holandesa que el Barça adoptó a partir de Johan Cruyff, untados por el dinero que uno de los mejores clubes del mundo administra como nadie. Por eso también Messi es un poco Iniesta, un poco Xavi y mucho Guardiola. El mejor solista, que luce mejor en una gran orquesta. Un artista que queremos disfrutar, que no será Maradona, que ojalá nunca se convierta en el político acomodaticio que fue Pelé, que dentro de 50 años lo veneren en España como hoy lo hacen con Di Stéfano, y que nunca se vea obligado a ser ejemplo de nada ni de nadie. Porque su mundo mide 107 x 72, y ahí lo queremos.

 

José Andrés Soto

Cobre y democracia

11.12.2005 16:36

(Este artículo fue publicado el 11/12/05 en el diario Perfil de Buenos Aires, antes del triunfo de Michele Bachelet, que consolidó el crecimiento y el reparto Cuatro años después, las elecciones las ganó Sebastián Piñera, que a pesar de sus esfuerzos no logró retroceder demasiado).

 

 

Chile es el país con mejor calidad de vida de América latina, y el de mayor inequidad social. El mejor, para el gerente de una empresa extranjera o prósperos empresarios locales, y tan malo como el peor, en el otro extremo de la franja social.

“La mayoría de los argentinos que vienen hablan maravillas de un país que no conocen porque no pasan de Plaza Italia (1)”, sostiene un lúcido gerente argentino. Ni les interesa conocer. Con los mejores sueldos ejecutivos de América latina (salvo Ecuador), vivir en Las Condes o Vitacura es un placer. “Es fome” (aburrido), se quejan los chilenos, amantes de Puerto Madero y la Recoleta. Pero no es tan cierto. En pocos años, la ciudad gris en la que sólo se destacaban los buenos productos de mar pasó a combinar toques de Manhattan con el Paseo de la Castellana. Un metro espectacular, modernas autopistas, torres de cristal, buses del primer mundo, restaurantes tejanos, argentinos, españoles o japoneses y un telón de fondo nevado –cuando el smog permite que se vea- dan marco a una capital que cuanto más se acerca a la montaña más se aleja de la vieja postal latinoamericana.

 

¿Qué pasó? Dos palabras lo definen: cobre y democracia.

 

En los últimos 15 años la inversión extranjera creció 10 veces, la inflación anual bajó del 102 al 2,2%, la pobreza cayó el 25,7 al 14,5% y la indigencia del 12,9 al 4,7%.. Se modernizó el Poder Judicial, con juicios orales y públicos en todo el país, se abolió la pena de muerte (2001), se aprobó la Ley de Divorcio (2004) y la percepción de transparencia (no corrupción) pasó al primer lugar de América latina.

 

El aforismo de Alfonsín, “con democracia se come, se cura y se educa”, lo han ido cumpliendo tres presidentes socialdemócratas, Alwin, Frei y Lagos, aunque es precisamente en dos de esos objetivos –educación y salud- donde Chile tiene las mayores deudas con su población, por su histórico retraso.  No obstante, es admirable su red de bibliotecas (405, un 50% más que hace 15 años) y acaba de inaugurarse la Biblioteca de Santiago, un lugar de esparcimiento cultural que pretende competir con los centros de “esparcimiento comercial”.

 

¿Y quién paga la cuenta? Las exportaciones chilenas crecieron, en 15 años, de 8.400 a  31.400 millones de dólares. Más de la mitad corresponde a la minería: el año pasado, 14.300 millones provinieron del cobre.  Un dato para comparar: los excelentes vinos chilenos que han logrado un envidiable lugar en el mundo representan un 2,7% de las exportaciones.

 

Con este panorama, no es extraño que uno de los slogans de la campaña presidencial sea: “Para seguir creciendo”. Lo que  raro es que sea el slogan de la oposición.  Es que, si el precio del cobre sigue por las nubes, el próximo gobierno tendrá la oportunidad de consolidar el crecimiento y mejorar el reparto.

 

Andrés Soto

Director de Perfil Chile

 

(1)               Límite entre Providencia y Santiago centro.

 

La gente de mi pueblo enloquece en primavera

22.10.1982 00:55

Publicado en El Observador (Buenos Aires), el 22/10/1982 (sic)

 

En mi pueblo aprendimos desde chicos que el periodismo es una gran mentira. Cuando venían (iban) los grandes equipos de fútbol, perdían y leíamos días después –siempre publican las cosas días después. Que no se podía jugar en canchas poceadas, chicas y sin alambrado. Cuando un señor que estaba parado al lado nuestro gritaba como loco, micrófono en mano que veía pasar a Oscar Galvez a 200 kilómetros del lugar. Cuando leíamos que este año está todo más caro que en Buenos Aires, que no va a venir nadie, que la temporada sereá un fracaso.

Mi pueblo se llama Mar del Plata. Y allí también se miente: cada vez que entran tres autos juntos por la ruta 2, algún periodista cree que ingresaron alrededor de cien mil turistas al balneario.

Debe ser la venganza. Una vez escuché que en Mar del Plata instalaban semáforos para carros (habían logrado filmar aun vehículo de tracción sangre en una esquina semaforizada de la avenida Juan B. Justo). Otra vez, un gran periodista tuvo que ir y volver en tan poco tiempo que creyó ver la loma de Colón en la calle Corrientes, supuso que un vespertino salía a la mañana y creyó que los tacheros se mueren de hambre los días de lluvia.

Grandes barrabasadas se han leído y escuchado en mi pueblo. Tantas, que todos creíamos que el dinero de Punta del Este pagaba las campañas. Pero no. Eso no puede ser cierto porque pasado el tiempo hubo quienes creyeron que ya nadie irá a Mar del Plata, con la cantidad de argentinos que compraron departamentos en Miami.

Creo que los habitantes de Buenos Aires –entre quienes hay, todavía, algunos porteños- aman y odian a mi pueblo, alternadamente, mientras esperan el feliz momento de jubilarse e irse a vivir allá. El momento en que lo odian es en la primavera, y creo que tienen razones para hacerlo.

Es que en mi pueblo, cíclicamente, la gente se vuelve loca cuando llega la primavera… y amenaza con despojar de todos sus ahorros invernales (¿) a cuanto sujeto ose anunciar que llegado el verano pisará nuestras sagradas playas.

La ofensiva, corrientemente, la inicia el Colegio de Martilleros, so pretexto de poner coto a los abusos en los alquileres de temporada. De inmediato, inorgánicamente, se suman cuantos pueden.

El ciclo comercial marplatense consta de: euforia expectante en primavera, euforia temerosa en diciembre, euforia aliviada en enero, depresión en febrero, llanto en marzo. El llanto de marzo suele presentarse ante los forasteros como el resultado de una magra temporada, pero los comerciantes lloran –en realidad. Porque se terminó el jolgorio.

No ha habido temporadas trágicas en Mar del Plata ni cuando estuvo cerrado el Casino (antes, la gente creía que sólo se iba a escolasear). Pero siempre se voló alguna golondrina antes de tiempo o alguien falló en el cálculo y quedó en la rama. (El auténtico drama de mi pueblo es el drama de la industria, pero ese es un cuento nacional, no regional).

En mi pueblo –lo dije y lo reafirmo- la gente se vuelve loca en primavera, cuando los tilos de la diagonal Pueyrredón entran en cortocircuito con los plátanos, y el polen de la plaza principal hace estornudar al San Martin viejo que el coronel Martí Garro (intendente de facto) quería trasladar por no estar de a caballo ni con uniforme militar.

Los carteles de Se Alquila Temporada empiezan a salir del galponcito, los hoteleros afilan las calculadoras y las boutiques preparan el zarpazo. Da miedo preguntar precios: un chalecito en Parque Luro, tres habitaciones, cuatro mil palos enero y cuatro mil quinientos febrero. La doble de hotel, un millón de los nuevos por noche, el desayuno se lo paga usted.

Marplatense y todo, uno va y se asusta. Puede llevar a evaluar –como los periodistas de otros tiempos- que con estos precios no va a ir nadie a Mar del Plata. No lo crea. A pesar del esfuerzo de los escéticos y la crisis, la gallina de los huevos de oro no morirá.

En diciembre, el temor ahuyentará a la locura, y como todos los años –antes y después de Martínez de Hoz- la gente de mi pueblo tendrá que dreconocer que, por mucho que le pese, mar del Plata pertenece al mismo país que Córdoba y Buenos Aires. Aunque los periodistas sigamos creyendo que es la ciudad más cara del mundo.

ANDRÉS SOTO

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